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Desafortunadamente, la gente rara o en peligro de extinción

Si llegas adonde sea y saludas, das el asiento en la guagua a la embarazada, eres amable, atiendes bien igual a quien tiene que a quien no, ayudas a los otros, respetas y te preocupas por los demás, la gente te mira extraño.

Te ven como a un bicho raro, y no se explican cómo en este siglo queda gente así.


Porque tristemente lo normal es lo contrario. Lo común es ser grosero. Frases tan elementales como “buenos días”, “permiso”, “lo siento” o “gracias” se van borrando del vocabulario diario.

La caballerosidad es cada vez más escasa, y hay jóvenes que tal vez ni siquiera saben qué es. Y la ayuda y la solidaridad se confunden con interés o ganancias, y cuando nacen son pocas o de mala gana.

Quienes respetan y exigen respeto son repudiados, porque en una época de indisciplinas y desorden ¡cómo a alguien se le ocurre hablar de eso e ir contra la corriente!

Decir lo que sientes, lo que piensas, francamente, sin tapujos, con el afán de que todo mejore, es antinatural y mal visto. Y ni hablar de los asombros cuando alguien trabaja intensamente, se entrega a lo que hace y ama su profesión.

Los formalismos le ganan a las iniciativas creadoras y la mediocridad se instaura como reina y señora ante la mirada impasiva de quienes pueden detenerlo y no se dan cuenta, y la atónita de quienes lo perciben y no tienen cómo.

Es rara la honestidad, porque “el que no inventa no vive”, y para justificarlo en el fuero interno de las personas se confunden las fronteras entre legalidad e ilegalidad.

Los niños ya no miran con la misma admiración a sus mayores, no se entretienen con juegos de niños ni se visten como tales. Mientras, muchos jóvenes confunden libertad con libertinaje, y modernidad con relajo.

Por eso también son inauditos los pequeños respetuosos que gustan de conversar con los ancianos, y los muchachos serios y rectos, que a todos parecen viejos.

Claro, que no todo está perdido. Son pocos, pero hay bichos raros que sienten y padecen, que respetan, que trabajan, que aman la paz, que ayudan y construyen.

Lo que, desafortunadamente, están en peligro de extinción.

Cuba no es perfecta, pero tratamos: sobre los derechos humanos en Cuba


Todos los días mi hijo de seis años va a la escuela, una escuela que para él es la más bonita del mundo. Tiene su uniforme, sus libros, sus lápices y una maestra a la que adora.
Ahora está aprendiendo a leer y a escribir, como lo hacen en Cuba decenas de miles de niños de esa edad. Y si alfabetizarse no es un derecho humano, entonces no sé que serán los derechos humanos.
Mi hijo fue operado de una malformación a los dos años de edad y no me costó un centavo, como tampoco me han costado los aerosoles por el asma, y las vacunas que se ha puesto desde que nació.
Mi hijo, un poco precoz, ya sueña con la universidad y me dice que quiere estudiar en la de Matanzas porque no puede estar un día sin ver mi cara. Y esa Universidad tampoco me costará un kilo.
Son esos poquitos, que no vemos por cotidianos, los derechos humanos de los que disfrutamos los cubanos, aunque personajes incultos y dolidos desde el otro lado y desde la vida fácil quieran hacer ver que aquí no se respetan.
Puede que en la prisa de la cotidianeidad, en medio de tanto trabajo y tan enormes anhelos se violen algunos, no lo discuto. Cuba no es perfecta, ni pretende serlo. Tratamos de construir un sistema donde el bien del hombre sea la razón máxima de su existencia.
Pero nuestros derechos humanos, los que de verdad son importantes están ahí, a la vista, pasando inadvertidos entre la gente común. Son ese vecino invidente que se hizo abogado, la mujer embarazada que tiene licencia y atención médica de primera garantizada, los abuelos que practican deporte en el parque más cercano.
Nuestros derechos humanos están en calles y centros nocturnos sin violencia, en las escuelas en la montaña aunque haya un solo alumno, en los transplantes de órganos y operaciones más difíciles que solo cuestan las gracias.
Están en la educación especial desde los primeros grados hasta los últimos, en las instituciones de la cultura y en el deporte. Nuestros derechos humanos están en los ojos francos y alegres de los niños, jóvenes y ancianos de esta tierra.
Dicen que siempre el que busca, encuentra; y que casi siempre las manchas no dejan ver la luz. Pero no vale la pena ponerse a “buscarle las cinco patas al gato”, o “la pelusa de la recontrapelusa” como hacen los enemigos de la Revolución.
Los derechos humanos básicos aquí son sagrados, y nadie, por mucha ceguera mental que tenga, podrá decir lo contrario. La Cuba que respeta los derechos humanos está aquí, a la vista de todos y abierta al mundo.
Basta con mirar para el lado para encontrar el respeto de esta tierra por los derechos de los hombres.

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