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René Fraga se iba para la Sierra

René Fraga Moreno
Declaraciones de Oneida Fraga Moreno

Cuando el 24 de julio de 1957 los esbirros de Batista mataron en Matanzas a René Fraga Moreno, su hermana Oneida tenía apenas 16 años y nunca había entrado a una funeraria. Sobrepuesta al miedo entró al recinto donde lo velaban, y fue tan fuerte la impresión que tras 53 años no lo puede olvidar.


“Recuerdo bien todo porque unos días antes unas compañeras mías de escuela fueron a mi casa, a celebrar mi cumpleaños y René dijo que no, que cuando triunfara la Revolución se me haría una buena fiesta. Eso fue el 19 de julio, el 21 se lo llevan preso y el 24 lo matan.  

“Yo llegué a la funeraria y me senté. Yo no fui capaz de verlo ni nada de eso. Y entonces llega Cuquito Dubroq (José Luis) y empezamos a hablar de cómo había sido. Me dijo: ¿ya lo viste? Y me levanta, me coge por el brazo y me dice: vamos para que lo veas.


"No quiero acordarme de aquello. Ese no era el René que yo había visto salir de mi casa. Y me dije, ¡caballero, una persona tan religiosa que le haya pasado esto, aquí no existe nada! Desde entonces yo seguí yendo a la iglesia porque mi papá me obligaba, pero siempre con esa espinita por dentro".

Nobleza y bondad

René era once años mayor que Oneida. De la infancia de su hermano ella no puede hablar, pero sí sabe que fue él quien compró su canastilla. Eso se lo contaba siempre su mamá. “Mamá estaba de parto, antiguamente eso se hacía en la casa, y como fue de pronto ella le dio el dinero a René y fue quien la compró. Yo fui creciendo y siempre lo vi con mucho cariño, porque de mis hermanos era uno de los más nobles, no porque esté muerto ni nada de eso”.

En casa de René eran siete hermanos varones y cinco hembras; René era el sexto de arriba abajo y Oneida la penúltima.

Cuenta Oneida que René se graduó en 1953 de la Escuela Normal de Matanzas, pero nunca quiso trabajar porque decía que él no daba clases para el tirano.

“En la esquina de la casa vivía Eladio Hernández, que era el superintendente de educación. Había una amistad muy grande entre ellos y mi familia, porque ellos tenían un hijo con problemas y René siempre iba y le daba vueltas (ellos vivían por Mujica y Daoiz, y nosotros vivíamos en Daoiz, entre Mujica y San Gabriel).

“Entonces Eladio llama a René para darle un aula, pero él le dice que mientras Batista esté en el poder él no trabajaba para el tirano. Nos enteramos porque Eladio se lo cuenta después a mi papá.

“Por eso solo hacía sustituciones. Él iba y trabajaba en esta escuela, en la otra, inclusive a veces ni se lo pagaban. Porque después que lo matan llegó un cheque por tres meses que nunca le habían pagado”.


A pesar de que René nunca dio clases de manera estable, sí lo hacía cuando alguien lo necesitaban. “Cuando alguna familia pobre quería que su hija entrara a la Normal y no tenían dinero para pagar, él le daba las clases, en la casa o en la Juventud Católica. Por eso la gente lo admiraban tanto, por su humildad.

“Te lo encontrabas en la calle jugando a las quimbumbias, a los bolones, y mi mamá le decía: René, ¿a ti no te da pena, tan grande jugando bolas con esos niños ahí en la calle? Y él le decía: ¡tú no te das cuenta que ellos no tienen quien juegue con ellos! Y se los llevaba para el parque.

“Esa es una de las cosas por la que le ponen al parque su nombre. Porque el guardaparques que había ahí y que lo había conocido y sabía lo que él hacía, después que triunfa la Revolución dijo, esto se va a llamar a René Fraga, y después es que se oficializa, porque papel no había ninguno.


“Otra cosa que hacía es que cuando había exámenes en la Normal, él se las agenciaba y cogía, sacaba una pizarra y escribía con letras grandes las respuestas de los problemas, sobre todo de Matemáticas, para que fijaran. Entonces cuando venía la policía él se sabía todos los recovecos y no lo podían coger”.

Cuando René termina la escuela Normal, sigue estudiando. Matricula la Escuela de Comercio para no desvincularse del estudiantado de Matanzas. Entonces estaba haciendo a la vez la Escuela de Comercio y Pedagogía en la Universidad.

Oneida no sabe si su hermano era inteligente o no. Según las notas que existen en la Universidad estas no eran buenas. “Pero como le dije a la historiadora Clara Enma, era un momento en que él estaba en su locura, en su lucha y quién así tiene tiempo para estudiar”.

Las luchas de René

Los ojos azules de Oneida, que hoy tiene 69 años, brillan y se humedecen cuando recuerda a su hermano René Fraga Moreno, quien a pesar de su modestia fue un activo combatiente de la clandestinidad en su natal Matanzas.

Cuenta Oneida que fue René quien la enseñó a planchar bien. “En mi casa se le lavaba la ropa, pero él era quien la planchaba, porque decía que solo él sabía hacerlo bien. A veces estaban con sus huelgas, acuartelados, y entonces salía a buscar algo, llegaba corriendo y me decía: plánchame el pantalón en lo que yo me baño. Una vez que yo se lo estaba planchando, cuando sale no le gusta y me dice: no es así, se plancha así. Y terminó planchándolo él.

“René era delegado de la FEU de su aula, ahí conoció a José Antonio Echeverría, a Fructuoso Rodríguez y a toda esa gente. Pero su amigo era José Luis Dubroq, que estudiaba medicina. Recuerdo que una noche cuando la cosa se fue poniendo mala, nosotros estábamos jugando lotería y llega Cuquito corriendo y se lleva a René para la cocina. Y viene René y le dice a mi mamá que le dé dinero para que Cuquito se vaya para La Habana.


“En ese momento había apagón, y mi mamá le dice: ¿cómo se va ir con este apagón? Eso fue cuando lo de Humboldt 7, y yo no sé si él estaba involucrado o andaba por aquellos alrededores, lo que sé es que René le dice a mi mamá: él tiene que llegar ahora a La Habana, tienen que verlo apearse de una guagua que no sea de La Habana. Entonces mi mamá le dio el dinero.

“Ella sabía en lo que él andaba. Por eso cuando se lo llevaron preso dijo que él no regresaba vivo. Fueron muchas cosas, una vez René sacó del bolsillo delante de ella unos bonos del 26 de Julio y los puso encima de la mesa, y entonces mi mamá le dice: mi hijo, ¿cómo tú andas con eso arriba? Entonces él sacó el rosario y le dijo que ese lo salvaba, porque él siempre andaba con el rosario en el bolsillo. Eso porque René era muy religioso, había estudiado en colegios católicos y yo le decía que iba a ser cura, pero él se burlaba.

“En otra ocasión cuando Manolito Piñeiro se va ir para la Sierra él viene buscando dinero, él casi nunca tenía dinero, porque no trabajaba. Yo cuando lo veía entrar corría detrás de él disimuladamente y me ponía a oír. Yo escuché cuando le dijo: Manolito Piñeiro (eran compañeros de estudio) se va para la sierra y está reuniendo dinero, dame para que tenga más. Y mi mamá se lo dio".


Ante todo tú tienes que ser una mujer

Cuando René estaba en sus luchas Oneida estudiaba en la escuela Superior en la ciudad de Matanzas. En el patio había una mata de palito chinos, y René cogía cartulinas, hacía cartelitos con letreros que decían: ¡Viva el 26 de julio!, ¡abajo el 10 de marzo!, ¡abajo Batista!, ¡viva la revolución!

“René me enganchaba los cartelitos en unos alambritos y me decía: ponlos en la mata de palitos chinos, pero que nadie te vea. Entonces ya a veces pedía permiso para ir al baño o para tomar agua, y lo que me ponía era a poner los cartelitos.

“Eso sí, él siempre me advirtió: el día que te cojan, tú los hiciste, porque ante todo tú tienes que ser mujer. Yo no había cumplido los 15 años. Al principio lo hacía de manera inocente, pero llegué a darme cuenta de lo que hacía.


“El que me coge es el director de la escuela, que era Pancho Pong. Yo estoy parada así, y siento que me hacen pss pss pss pss, y me dice: eso yo lo sé, porque él era revolucionario en aquel tiempo, aunque después abandonó el país. Aquí con los maestros, con ninguno hay problemas. Pero acuérdate que tú tienes compañeros aquí que son hijos de soldados y lo pueden decir en la casa. Dile al que te los da (porque aunque yo le dije que los hacía yo no me creyó) dile que aguante un poco. Y así mismo se lo dije a René: dice Pancho que te aguantes un poco.

“Y ahí se acabó la cosa. Pero hoy cada vez que armo el arbolito en mi casa cuando se acerca el fin de año me acuerdo de aquella mata de palitos chinos y los carteles que me hacía René”.


René sabía que a Fidel nadie le ganaba


Oneida Fraga  en el parque René Fraga
Oneida nunca habló abiertamente con René de nada del movimiento. Ella era muy joven y él quería protegerla, aun cuando tenían cierta complicidad.

Recuerda que “cuando mataron al hermano de Frank él llega a mi casa muy apenado porque habían matado al hermano del amigo que él había conocido en Santiago de Cuba. Todo parece indica que él conoció a Frank, pero no podía hablar de aquello.

“Solo después de su muerte Cuquito nos contó que él y René estaban esperando la orden de Frank País para irse para la sierra, porque ya estaban quemados aquí. Entonces Cuquito se acabó de quemar más, porque ya estaba haciendo demasiadas locuras en La Habana, hasta que también lo matan".


René Fraga Moreno, el combatiente del Movimiento 26 de Julio en Matanzas no pudo subir a la Sierra ni formar parte del Ejército Rebelde. Pero antes de morir Oneida lo oyó decir confiado que Fidel iba a ganar.

“Un día llega muy contento a mi casa y le dice a mi mamá: ahora sí no hay quien saque a Fidel de la Sierra. Mi mamá le dijo: ¿por qué? Porque subió uno que se conoce todas las cuevas habidas y por haber de Cuba (fue cuando subió ntonio Nuñez Jiménez subió). Ahora sí que a Fidel no lo bajan de la Sierra".

René fue asesinado por los esbirros de Batista el 24 de julio de 1957. Tenía 27 años, y como asegura su hermana, estaba convencido de que la revolución era indetenible.

Fidel bajó de la Sierra, pero triunfante, y los sueños de René se hicieron realidad. Hoy el parque a donde iba a jugar con los niños de su barrio y decenas de escuelas donde hubiera sido el mejor maestro llevan su nombre. 

El primero de enero de 1959 cuando Oneida supo que el tirano había huido su primer pensamiento fue para René, y desde entonces ha tratado de ser fiel a su recuerdo, de hacer bien las cosas, y de ser digna de aquel hermano que le arrebataron cuando casi era una niña. 

Maestra voluntaria, en nombre de René Fraga

En el 50 aniversario de los primeros maestros voluntarios

Oneida Fraga Moreno tenía 17 años cuando el 22 de abril de 1960 Fidel hiciera el primer llamado a jóvenes cubanos para convertirse en maestros voluntarios. Pero ella, que estudiaba el segundo año en la escuela de maestros primarios de Matanzas, no se emocionó mucho con la idea, porque creía que su papá no la iba a dejar.

  La penúltima de doce hijos, con unos padres relativamente viejos y que habían sufrido la muerte de su hermano René (Fraga Moreno) a manos de la tiranía de Bastista en 1958, Oneida y su hermana más pequeña no sabían qué hacer.


  “Llegamos a la escuela y era el alboroto, todo el mundo se iba. Nosotros pertenecíamos a la Asociación de Estudiantes y nos llama el compañero que dirigía para ver nuestra disposición, y cuando se lo digo a mi hermana, ella me dice que ella no iba a hablar con papi.

  “Entonces voy yo, y le explico lo que había. Y mi papá me dijo: ¿Qué ustedes quieren, irse? Ah, vayan, ¡pero yo aquí rajadas no las quiero! Y aquello lo interiorizamos al punto de que mi hermana cogió una hepatitis y trabajo pasaron para sacarla porque ella no quería llegar rajada a la casa”.


  El 13 de mayo junto a las demás futuras maestras voluntarias matanceras, partieron para la Sierra Maestra. Sin embargo su hermana tuvo que volver por la enfermedad. Allí quedó Oneida, entre gente que apenas conocía, con el ejemplo de su hermano como guía y las palabras del padre como advertencia.

  Tres meses de preparación en Minas de Frío le permitió a Oneida relacionarse con el medio natural de aquella zona, y prepararse para lo que tenía por delante. Entre mayo y agosto, además de recibir clases, visitaron lugares donde el Ejército Rebelde había librado sus batallas.

El Campamento y la hermandad
 
  Varios campamentos conformaron aquellos primeros maestros voluntarios en la Sierra Maestra: Meriño, Magdalena, El Roble y el Central, son los que recuerda Oneida. Cuenta que los varones llegaron primero (desde el 3 de mayo) y armaron las barracas donde dormían.

   Oneida se acuerda como si fuera hoy la vida allí, la hermandad, y a los profesores que eran combatientes del Ejército Rebelde. “Era una vida muy sana, dormíamos en hamacas; los varones iban a Minas de Frío, cargaban los sacos de comida, y nosotros lo que menos pesaba.

   “Estuvimos una vez quince días a comida enlatada porque se desató un temporal, estaban los ríos crecidos, no se podía mover uno de allí ni cocinar nada, hasta que determinaron evacuarnos para las casas de los campesinos con mucho riesgo.

   “Inclusive en el Meriño se perdió un compañero, que cuando bajó el río lo vieron, pero ahogado. Pero eso, independientemente de la tristeza de perder un colega en esas condiciones, no amilanó a nadie, todo el mundo continuó”.


  El Roble, que era el campamento donde estaba Oneida, quedaba en un hueco, y cuando venían visitas ellos se divertían muchísimo, pues si había llovido siempre se caían en la bajada y se ensuciaban el pantalón. “Nosotros les decíamos que habían puesto la moral en el piso”.

  “Cuando íbamos a Minas de Frío buscábamos yaguas, y entonces bajábamos las lomas sentadas en las yaguas, caminábamos otro tramo y así.

  “Éramos jóvenes como cualquiera. Le sacábamos parodia a cualquier cosa. Cuando las crisis aquella de la sardina, cantábamos: ¡Quítame la sardina, que no la puedo ver, qué vacío luce el plato, vuélvemela a poner!


  “También teníamos un profesor que nos hizo un coro, pero lo único que sabíamos cantar era Vereda tropical. La cantábamos de lo más bien, pero la gente por fastidiar empezaban: otra, otra… pero no podíamos porque esa era la única que teníamos montada.

  “La pasábamos muy bien. Y lo principal es que uno hubo una falta de respeto hacia nadie. Las muchachas nos bañábamos en el río, y ninguno fue capaz de acercarse allí. Nosotros les lavábamos la ropa a ellos. Era una familiaridad muy grande.


  “Subimos el Pico Turquino tres veces. La primera vez nos levantaron de madrugada porque los jefes querían siempre que el campamento de nosotros ganara. Nos llevaron por lugares difíciles, hasta que llegamos a La Plata, acampamos allí y al amanecer que subimos el Truquito. Cuando los otros campamentos estaban subiendo nosotros ya estábamos bajando.

  “Esa subida me provocó un derrame en la rodilla, el médico me vio y me dijo que yo no podía hacer más la caminata. Yo le dije, ¡ah, está bien! El pañuelo que tenía de cabeza me lo enticé bien y me fui a la segunda, y los 18 años los cumplí allí (el 19 de julio) en el punto más alto de Cuba y frente a la estatua de Martí.
 

  En septiembre Oneida comienza a trabajar en plena Sierra Maestra, en una zona de una estirpe revolucionaria muy grande: la de Guillermo García, de Crecensio Pérez y de Vilo Acuña: un lugar donde ella no solo enseñó, sino que aprendió y terminó de crecer.

Dar clases en la zona de Guillermo García Frías

  Tras su graduación el 29 de agosto de 1960, a Oneida le asignaron la tarea de enseñar a los niños y adultos analfabetos de la zona de Los Quemados en la actual provincia de Granma.

   “Me llevaron en un jeep hasta allá, y díseme el compañero: ¿Tú ves el techito ese aquel que brilla allá atrás?, llega y di que tú eres la maestra. Entonces me dice que no había escuela y me señala para una mata de anacaguita y me dice que ahí podía dar las clases.

   “Yo me quedó parada ahí, en un mar de lágrimas, en aquella soledad, sin conocer a nadie, y cuando no veía ni el jeep, ni el polvo que levantaba empecé a caminar para encontrar el techito, pero el techito no se acercaba.


  “En la puerta había un campesino, y le digo que soy la maestra. Él me preguntó que por qué estaba llorando y yo le dije que no, que era el polvo del camino. Y ahí me enseñó mi cuarto, que era, bueno, un cuarto campesino al fin, con un catre, que para poderme levantar tenía que tirarme al piso y echarme el catre arriba y después enderezarlo, porque aquello era casi una hamaca, y el saco que tenía llegaba al piso.

   “Ahí estuve unos meses, hasta que fui a vivir para otra casa con más condiciones. Logré que los compañeros de la granja Granma, que colindaba con nosotros me construyeran una escuelita de madera, con techo de zinc y piso de cemento. Y me lo gané porque los sábados y los domingos iba con mis alumnos a recoger algodón, frijoles o lo que hubiera”.


  Oneida Fraga le puso a esa escuelita José Luis Dubroq, mártir de la Revolución cubana y amigo de su hermano René, pero los niños quisieron cambiarlo por el de Ignacio Pérez, hijo de Cresencio Pérez, que era de la zona y había muerto en un combate en la sierra. “Para los muchachos era Ignacio Pérez, pero para mí siempre fue José Luis Dubroq”.

  “Los fines de semana, después que teníamos la escuela, los muchachos me decían, maestra vamos para que usted vea dónde nació fulano. Un día me dicen, maestra, vamos a la Portada de la Libertad (Playa de las Coloradas), así le decían ellos al lugar por donde desembarcó Fidel en 1956. ¡Ja!, yo creí que era ahí mismo, pero lo que teníamos que caminar era mucho. Salimos de madrugada y regresamos casi oscureciendo.

  “Con ellos aprendí a tumbar cocos y a tomar su agua, a sacarle la miel a los panales. Eran niños, y todo eso lo aprendí de ellos. Yo nunca en mi vida había recogido algodón, ni cortado caña. Mi papá tenía finca, pero íbamos de paseo. Yo los enseñé a leer y a escribir pero yo aprendí mucho de ellos.

  “Un día me llevaron a conocer al padre de Guillermo García, y siempre íbamos a pie porque a mí no me gustaba montar caballo. Aquel encuentro fue normal, era una gente normal. Yo veo a Guillermo y estoy viendo a su padre”.

  Sin embargo, a pesar de haber sido la primera maestra de la tierra natal del Comandante Guillermo García Frías, Oneida Fraga Moreno no ha tenido nunca la posibilidad de conocerlo personalmente.

  “A veces pienso en ponerme de acuerdo con la Asociación de Combatientes por si viene a Matanzas, pero nunca lo he hecho. Lo que sí perseguí y compré el libro que lanzó en la Feria, y cuando lo estoy leyendo me quedo ensimismada porque menciona muchas personas que yo conocí”.  

  En Los Quemados, que pertenecía al municipio de Niquero Oneida enseñó a leer y a escribir a 53 niños y adolescentes, además de los adultos que iban por la tarde. Pero allí, más que la maestra, Oneida era médico, abogada, consejera y psicóloga.

Ser más que maestra

  Oneida Fraga Moreno tenía apenas 18 años y mucha responsabilidad cuando decidió convertirse en maestra voluntaria en mayo de 1960. Pero no solo a enseñar a leer y escribir se resumían sus funciones.

  “Allí éramos todo, porque todo iban a consultarlo con el maestro. Cuando la primera campaña Antipolio, yo tuve que ponerme dura con ellos, porque si la maestra no se la tomaba no se la daban al niño.

  “Y cada vez que venía uno la maestra tenía que tomarse una. Entonces cogí un grupo como de 15 personas, las reuní, y les dije: miren, esto no me cura a mí, esto cura a los niños de ustedes, yo me voy a tomar una para que lo vean, y ustedes van a ser los portadores en su zona de que yo me la tomé, porque mientras que yo siga tomando, es una menos que tienen los hijos de ustedes.


  “Yo tuve un caso, que es de risa. Era un señor que tenía dos mujeres con hijo, una al lado de la otra. Y entonces las mujeres venían a darme las quejas a mí y yo de intermediaria, hasta que un día no pude más y le dije que cómo se le ocurría tener dos mujeres una al lado de la otra con tanto espacio que hay.

  “Allí constituimos los Comités de Defensa de la Revolución y la Federación de Mujeres Cubanas. Y la otra lucha fue cuando los cursos Ana Betancourt, convencer a esos padres para que dejara ir a sus hijas a La Habana para estudiar, porque ellos decían que con lo que yo les enseñaba era suficiente”.


  Oneida no habla de miedo. Como jefa del grupo de maestros voluntarios de su zona caminaba largas distancias para visitar a sus compañeros, y una que otra vez le cogió la noche hasta que le advirtieron que había alzados en la zona.

  Tres años estuvo en plena Sierra Maestra y terminó su misión en la zona de Sevilla, un poco más arriba de Los Quemados. Pero el fin a su tarea no lo puso ella, sino aquella rodilla, que había empezado a sufrir en la primera caminata al Turquino, y a la que ella nunca hizo caso.

La añoranza por la segunda tierra

  Oneida Fraga arrastró los tres años que estuvo como maestra voluntaria en la actual provincia de Granma los problemas en su rodilla. Con la inmadurez de sus apenas 18 años, tras la primera recaída, lejos de atenderse continuó las caminatas, que más tarde serían la causa de su regreso a Matanzas.

  “Me llevaron al médico en Manzanillo, y me mandaron un tratamiento de diatermia. Pero cuando voy a ver al jefe de los maestros me dice que ellos no tenían presupuesto para tenerme alojada en un hotel para hacer el tratamiento.

  “Así vine para Matanzas, y el médico aquí me hizo un estudio y resulta que la complicación era más seria y terminé operándome, porque era un problema de menisco. Y cuando acabó me dijo que él como ortopédico no me daba el alta para que me fuera para allá.

  “Me dijo: yo soy revolucionario, yo sé la necesidad que hay de maestros, pero lo mismo que haces falta allá, haces falta aquí. Si tú te quieres ir, te vas, pero si recaes a mí no me vengas a ver. Y no me fui más.


  “Me dolió, y todavía yo a veces añoro volver allí. En el año 92, un compañero mío, Lázaro Noel Hoyos, presidente del Consejo Popular Matanzas Oeste (y maestro también) llegó a verme un día y me dijo que venía de la provincia Granma. Que lo habían invitado a Niquero, y cuando el primer secretario del Partido (3) se enteró que él era matancero, se le acercó y le dijo que la persona que le había enseñado a leer y a escribir era de Matanzas.

  “Había sido alumno mío. Y llevó a Hoyos a su casa, le presentó a su familia y me mandó una carta. Después recibí otra carta de una alumna. Ella había venido conmigo a Matanzas en unas vacaciones siendo una niña, y me contaba todo lo que la había impresionado ese viaje.


  “Ella me dice que lo que yo había hecho no era en vano, y me relata lo que es cada cual allí. Unos son médicos, maestros…, y en esa carta ella me cuenta dónde están y lo que ha sido de sus vidas. Yo a cada rato la leo, y siento esa nostalgia. Y me digo, ¡quién lo iba a pensar, esos muchachos que no sabían nada y hoy sean profesionales!

  “Uno no es capaz de imaginarse lo que conlleva un maestro. Yo me hice maestra por René, porque de niña a mí me gustaba más la biología. Pero cuando vino el paso este de los maestros voluntarios, vi los cielos abiertos, y me enamoré del magisterio, y ahí me quedé, y trabajé 43 años”.  


  A los 68 años Oneida mantiene el mismo brillo de cuando hace 50 años dijo sí al llamado de Fidel. Aquella experiencia le valió para mantener toda la vida el amor por la profesión más bella del mundo.

  Muchos niños, adolescentes y adultos de la ciudad de Matanzas le deben a esta mujer, que después se convertiría en bibliotecaria, el amor por la lectura y por la vida.

  Oneida no se resiste a su jubilación, y cada vez que puede vuelve a los libros, a la Universidad de Adulto Mayor, o adonde la llamen para dar charlas, porque mientras viva no cejará en su afán de enseñar.

Oneida Fraga Moreno, protagonista en las elecciones


   A solo unas cuadras del parque que lleva el nombre de su hermano René, vive Oneida Fraga Moreno, una sexagenaria maestra y bibliotecaria matancera, que es por cuarto mandato consecutivo presidenta de una Comisión Electoral.
  Jubilada ya, Oneida es testigo del ajetreo que conllevan las elecciones, y en 2010 no ha sido diferente con las municipales, que le han tocado dirigir en la circunscripción 20, perteneciente al Consejo Popular Matanzas Este, de la Atenas de Cuba.
  “Lleva mucho esfuerzo, hay que moverse mucho, hablar con las personas, porque nosotros desde enero entramos en proceso eleccionario, buscando listados y amarrando las cosas.
  “Por ejemplo, nosotros éramos al inicio mil 400 noventa electores y con la actualización nos quedamos en mil 366. Tenemos 3 colegios, que radican siempre en el Internado Lenin, sito en San Carlos y Daoiz.

   “Son días de no dormir, de pensar cómo va a salir la cosa, de preocupación, de tratar de llevarle a los miembros de los colegios electorales y a los electores el mayor estímulo, y siempre dar lo mejor para que todo salga bien.”
- ¿Cómo llegó usted a vincularse a este proceso?
- A mí me ligó la Federación de Mujeres Cubanas, yo era la organizadora de mi Bloque, y fui a una reunión por la presidenta y cuando vine a ver ya estaba en la Comisión.
  Yo empecé de vocal, de ahí pasé a secretaria, caminé por todos los puestos que tiene un Colegio Electoral, estuve muchísimos años trabajando de presidenta de Colegio, y de ahí pasé a esta tarea, como Presidenta de la Comisión en la Circunscripción.
   Y bueno, cosas de la vida que me quedé en esto, y siento sinceramente que este es mi último mandato, porque son muchos, es mucha la edad y es mucha la tensión, que ya uno debe darle paso a la juventud.
- Sin embargo, usted se ve y habla como joven. ¿Este trabajo la ayuda a sentirse más útil?
- Sí, indiscutiblemente, porque es esto de acostarme a las dos o tres de la mañana, revisando listados, ordenado lo que me da todo el mundo, coordinar…
- ¿Y cuando pasa el día de las elecciones?
- Un gran alivio. La circunscripción nuestra, y valga la modestia, siempre ha terminado por encima de la previsto, las personas responden mucho. - Usted ha estado vinculada al Poder Popular desde sus inicios…
- Sí, desde el segundo mandato yo estuve trabajando en las comisiones del Poder Popular, primero en la de Círculos Infantiles, después en la de Educación, y por último en la de atención a la mujer. Era un trabajo muy bonito. Inclusive yo tengo el sello Diez Años de Trabajo en las Comisiones del Poder Popular.
- Oneida, a pesar de toda esta experiencia del Poder Popular, de como se hacen las elecciones en Cuba, de la representatividad que hay desde la base hasta la Asamblea Nacional, en el mundo se critica mucho la democracia en Cuba y el sistema eleccionario, usted que está dentro de ese proceso, ¿cómo lo valora?
- El mejor que puede haber, indiscutiblemente. Porque ahí es la opinión del pueblo desde que se empiezan a sacar a los precandidatos, es el que el pueblo propone no el que impone el sistema. Porque usted lo ve, que hay personas nuevas y viejas, negras y blancas, obreros e intelectuales, ahí hay de todo, y de verdad que es justo.
  Yo hace unos días crucé unas palabras con una electora, que estábamos hablando sobre eso mismo y me dijo que iba a echar a peder su boleta, que ella no la dejaba en blanco porque luego la gente que trabajan allí le ponen la cruz al que quieran. Yo le dije que estaba en un error y la invité a que fuera al colegio a las seis de la tarde cuando cerrara el proceso eleccionario, para que viera cómo es el conteo allí.
- ¿Le dolió que le dijeran eso?  
- Me dolió, porque yo sé que no es la realidad. Porque nosotros hemos confrontado barrabasadas en las boletas y no hemos sido capaces ni de sustituirlas, ni nada de eso, porque luego a la hora de ir a la Comisión Municipal, si me entregaron mil 366 boletas, esas son las que yo tengo que entregar. Así que ahí es donde se demuestra la transparencia de estas elecciones.
  Oneida recuerda que su hermano René Fraga, quien era maestro, se negó a trabajar después del golpe de estado de Batista, el 10 de marzo de 1952, y que desde entonces no volvió a tener salario fijo. Pero lo prefería, decía, antes que trabajar para el tirano.
  Ella vivió toda la lucha de René, y a veces, aunque solo era una adolescente lo ayudaba colocando propaganda en una árbol en la escuela de maestras normalistas donde estudiaba.
  Sabe mejor que nadie lo que significó aquel régimen para nuestro país, entre otras cosas, porque le mataron a su hermano que solo quería una Cuba mejor. Ella tenía solo 16 años pero nunca ha podido olvidar el rostro de su hermano, lo que le habían hecho.
  Por eso también se hizo maestra voluntaria en abril de 1960 al llamado de Fidel, cumplió sus 18 años en el Pico Turquino y enseñó a leer y escribir a 53 niños y adolescentes de Minas de Frío. Y después ha pasado su vida entera, como bibliotecaria, inculcando en tres generaciones de matanceros el amor por la lectura.
  Por eso, cumplidos los 68 años y jubilada desde hace cinco, sigue dando la batalla al lado de la Revolución, dispuesta a demostrarle al mundo que los cubanos no queremos volver al pasado.

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