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La historia de por qué mi hijo no quería ser como Camilo Cienfuegos, pero ya quiere

César llegó ese día a la casa con una “mala noticia”. Así me dice cada vez que le sucede algo que no le gusta, a pesar de que le he explicado mil veces que fajarse con un amiguito en la escuela o que la maestra lo regañe no son malas noticias. Me dijo que la maestra le había arrancado una hoja de la libreta de Lengua Española y que se había puesto muy brava con él. César había escrito un texto sobre por qué no quería ser como Camilo Cienfuegos.

Fue el 28 de octubre, y todos los niños habían ido hasta el río San Juan de la ciudad de Matanzas, a tirarle una flor a Camilo. Como es tradicional llevaron su flor comprada, robada o pedida a la abuela, y estaban emocionados doblemente. Primero por la posibilidad de la excursión y la diversión que ello implica, y segundo, porque resulta emocionante creer que las flores van al encuentro del hombre de la barba grande y la sonrisa linda que un día se perdió en el mar.

Al regresar la maestra les contó la anécdota de cuando Camilo Cienfuegos y Fidel iban a jugar béisbol a principios de 1959 al hoy estadio Latinoamericano. Les dijo que en aquella ocasión le pidieron a Camilo que formara parte del equipo que jugaría contra Fidel. Entonces Camilo dijo la famosa frase de  “contra Fidel, ni en la pelota”. Y al final terminó haciendo de catcher.

Después de contarles el suceso la maestra les pidió que escribieran un párrafo que comenzara con la frase: Yo quiero ser como Camilo porque… César escribió que él no quería ser como Camilo, porque a él no le gustaba jugar béisbol, y menos si era de catcher.

La maestra se encolerizó. Por eso no ahondó más en el asunto. Y César, temblando de miedo, tampoco se pudo explicar, como después lo hizo conmigo en la tranquilidad de la casa.

Ese día en el estudio independiente su maestra le orientó  escribir el texto que había malogrado en la clase de Español. Pero antes yo le expliqué quién era Camilo, cómo había sido de niño, de joven, de adulto. Le hablé de su amistad con el Che, de lo valiente, jodedor y maldito que era.

Y entonces César escribió al fin que sí quería ser como Camilo Cienfuegos. Pero lo hizo convencido, y no por obligación. 

- El buzo que buscó a Camilo Cienfuegos en la inmensidad del mar


El médico que fue Plutarco Roche

Plutarco con su hijo Fidelito a inicios de los años 60.
Cuando conocí a Plutarco Roche Cano ya él tenía más de 70 años, y hacía unos cuantos no ejercía su profesión de médico. Por la casa rondaban con frecuencia uno que otro amigo de los que no te olvidan cuando ya no sirves. Los más habituales eran Erasmo, el gigante epidemiólogo y René, el radiólogo del hospital provincial.

Plutarco vivió hasta los 79 años, los últimos 10 de su vida con solo medio pulmón funcionándole. Vivo de milagro, según decía su esposa Carmen, cuando contaba que fue Julio Fong, el amigo cirujano, quien le salvó de una muerte segura, provocada por una bacteria en los pulmones.

Pero tras casi un mes en terapia intensiva Plutarco sobrevivió y hasta el último de sus días fumó y tomó ron porque para él la vida no tenía sentido sin el tabaco, la bebida y las mujeres.

Tras 7 años de su muerte, todavía muchas personas preguntan por él y lo hacen con cariño y admiración. ¿Tú eres la nuera de Roche? ¡Ahí si había un médico!  Y me cuentan de su ética, de cómo hacía que la gente trabajara con amor, de lo acertado que era en sus diagnósticos, de sus jaranas…

Yo solo conocí sus jaranas, sus clases de inglés particulares en la casa, sus manías a la hora de comer con la sal fina y el aceite de oliva, y sus lecturas constantes, un placer que disfrutó hasta el último de sus días.

Pero dicen que era un médico de esos que hay que decirle usted. Mi suegra Carmen contaba que recién graduado iba con él por la calle y se encuentran con una madre que llevaba a su niña ahogada por algo que se le había atragantado. Plutarco al ver que la pequeña no iba a llegar al hospital viva, pidió enseguida algo con que poder abrirle la garganta y lo primero que encontró fue un clavo.

Le abrió un orificio en la tráquea y la pequeña comenzó a respirar. Decía Carmen que muchos comentaron que ese médico era un animal, pero el les aclaró que lo importante era salvarle la vida y que la posible infección que el clavo podría ocasionar se resolvía después en un centro médico, como efectivamente hizo.

Médico por amor

Plutarco era hijo de un administrador de un central en la provincia de Granma, oriundo de Río Cauto, y aunque pudo vivir una niñez y juventud holgadas, lo hizo alejado de sus padres en escuelas privadas. Entre ellas una Academia Militar en Jamaica. De ahí le vino la dureza en el carácter, la rectitud en las formas y el inglés perfecto.
Una foto que Carmen misma dibujó para regalarle a Plutarco

Al regresar de sus estudios Plutarco se hizo técnico en laboratorio y comenzó a trabajar en una clínica privada en El Vedado habanero, a la vez que ejercía como locutor en la emisora Radio Salas.

Por esos años Plutarco regresó a Granma y se encontró con la novia de su adolescencia, Carmen, hija del fotógrafo manzanillero Perfecto Durán, quien le había prometido esperarlo.

Ya ella era novia de otro muchacho, pero prometió regresar con él si terminaba la carrera de medicina. Así formalizaron una relación que duró más de 50 años, y que terminó solo con la muerte de los dos, en el mismo año, con solo 5 días de diferencia.

Cuando triunfó la Revolución Plutarco no había terminado su carrera de Medicina, aunque solo le faltaban unos semestres. En 1959 se integró a un curso que abrieron para graduar a los jóvenes que habían tenido que abandonar los estudios tras el cierre de la Universidad de La Habana.

Se graduó de médico y se puso a disposición de Fidel, nombre que le pondría al segundo de sus hijos, nacido precisamente en 1959, y con quien no pudo convivir los primeros meses de vida, pues su primera misión fue ir a trabajar ese mismo año como médico a una de las regiones más olvidadas de Cuba: la Ciénaga de Zapata.

Matanzas, adonde llegó para quedarse
Plutarco, en su época de médico en la Ciénaga

Carmen me contaba que por poco se vuelve loca ese primer año de 1959, con Plutarco solo en la Ciénaga, sin saber nada de él y con los dos niños chiquitos sola en el apartamento del Vedado.

Me decía que trató de unírsele, pero aunque la casa donde paraba Plutarco era cómoda, había muchos mosquitos y él se perdía muchos días cuando tenía que ir lejos a tratar a algún paciente y la dejaba sola.

Ella regresó a La Habana, y ante la posible pérdida del matrimonio hizo todo lo posible porque lo mandaran a otro lugar para podérsele unir. No sabe si por sus gestiones, pero lo cierto es que cuando el ataque a Playa Girón Plutarco ya no estaba en la Ciénaga, sino en Colón, adonde la mandaron a dirigir el hospital.

Después dirigiría los de Jovellanos y Cárdenas. Y cuando por fin Carmen logró unírsele con los dos niños pequeños, le dieron una casa en el central Jaime López (en Jovellanos), donde trabajó varios años.

Siete años después llegaría a la ciudad de Matanzas, a la casa de Milanés, de donde nunca más se iría. Plutarco se especializó entonces en Epidemiología y Administración de Salud. Fue profesor de la Facultad de Medicina, Jefe de Estadísticas en la Dirección Provincial de Salud y Jefe del Programa de Mortalidad Infantil en Matanzas.

Durante muchos años fue Especialista en Epidemiología en el centro de Higiene Provincial y antes de retirarse era asesor del director provincial de Epidemiología, una profesión donde decían que no había quien le pusiera un pie delante. 

Yo me muero en Cuba
Plutarco con su hermana en las desparecidas Torres Gemelas

En la década del 90, y ante una jubilación que no quería ni esperaba, Plutarco decidió por fin aceptar la invitación de sus hermanas y conocer Estados Unidos. Ellas (tres hermanas) se habían ido desde los años 50 y vivían cómodamente allá.

También tenía dos hermanos, uno de ellos médico como él, Juan Enrique, y Hugo, todos con vidas allá desde antes de 1959.

Plutarco visitó Estados Unidos, bebió y comió como a quien le queda poco, asustado después de haber estado al borde la muerte y sabiendo que con medio pulmón no le quedaba mucho.

Se divirtió de lo lindo con sus hermanas, que lo atendieron como a un rey. Visitó las Torres Gemelas, las Cataratas del Niágara y muchos otros lugares de los que guardamos un arsenal de fotos.

Todos aquí pensaron que Plutarco se quedaba, pero enfermo y todo regresó. No solo por los hijos y los nietos, sino por él. Diría después que aquello no le gustaba, que ese modo de vida no era para él.

Así volvió a su casona de más de cien años de la calle Milanés en Matanzas, a sus libros, a los pocos amigos que lo visitaban siempre aunque ya no fuera el jefe, a sus tabacos de la cuota, a su canequita de ron…

Cuando yo lo conocí ya todo eso había pasado. Estaba flaco por la misma enfermedad y la “fumadera”. Tosía siempre, pero decía que de algo había que morirse. Eso sí, estudiaba todavía, seguía metiéndose con las mujeres bonitas aunque pudieran ser sus nietas, y no había perdido la agudeza en el pensamiento y en el verbo.

Murió el 3 de enero de 2004. Tras dos meses de ver sufriendo a su esposa Carmen, quien padecía cáncer de estómago. El primero de enero quedó inconsciente a causa de un derrame cerebral y no lo rebasó.

Días antes le había dicho a su hermana Yolanda que no quería seguir viviendo. ¡No sin Carmen! César, mi hijo, apenas tenía tres meses. Sin embargo, por esos milagros de la genética tiene mucho de ese abuelo inteligente y resabioso.

El médico que fue Plutarco, todo lo que hizo en esta provincia de Matanzas a la que lo ató la Revolución, solo queda en la memoria de quienes lo quisieron. Todavía Erasmo pasa por la casa y brinda con su hijo Fidel por el amigo que ya no está. También viene René a acordarse de los viejos tiempos.

Hace unos meses alguien dijo que querían escribir la historia de su vida, pero todo quedó ahí. Sin embargo, siempre hay un alumno, una secretaria, un compañero de trabajo que habla bien de él, sobre todo con respeto.

Y sus libros de Medicina están a buen resguardo, en las manos de un futuro médico que cada vez que comenta  “estos libros eran de Plutarco Roche”, recibe el consejo certero de sus maestros: “ojalá te sirvan para ser tan bueno como él”.

Mis vecinos que no ven el noticiero y Fidel


En mi cuadra, como en cualquier otra de Cuba existen vecinos que se pasan las horas pegados al televisor, pero con el DVD encendido y la novela o los muñe de importación todo el día, la noche y parte de la madrugada.

Sin ánimo de criticarlos, ellos nunca ven el Noticiero Nacional de Televisión, que según está comprobado es el espacio informativo más consumido en la isla. Así, ellos con sus hijos viven ajenos a la realidad global, solo informándose a través de la llamada “radiobemba”.


No es que sean personas anárquicas ni nada por el estilo, simplemente son amas de casa o individuos que forman parte de la economía informal, y que prefieren, según dicen ellos mismo, despejar con los disquitos que los evaden de los problemas del día a día.

Pero en resumen son gente trabajadora y decente, que te ayudan si te hace falta, son los primeros en la limpieza de la cuadra, en pelar las viandas para la caldosa del 27 de septiembre… solo que están desvinculados del trabajo formal.

Raras veces, solo cuando hay un ciclón cerca o sucede algo muy importante se conectan entonces a la realidad y ponen el noticiero, porque saben que ahí es donde mejor se pueden informar.

Pero en estos días en que Fidel ha comparecido en el espacio la Mesa Redonda, en la reunión con los embajadores en el Ministerio de Relaciones Exteriores, con los economistas o en su visita a Artemisa, mis vecinos no dejan de poner el noticiero.

Y este martes, cuando transmitieron el encuentro de Fidel con varios intelectuales cubanos en el Memorial José Martí, ellos también lo tenían puesto y a todo lo que da.

Como nunca en los cuatro años que llevo viviendo en esta cuadra en el barrio de Simpson, en Matanzas, estaba el coro de todos los televisores encendidos a la vez, y la gente en la sala, entre asombro y alegría, con la esperanza que llena a los cubanos ver y oír a Fidel.

Un Fidel claro, seguro, con voz firme; un Fidel líder, un Fidel que da seguridad y que hincha el corazón de quienes lo queremos. Un Fidel que hace que mis vecinos del DVD desechen la novela extranjera y vean el noticiero.

Mario Muñoz puso sus sueños en las manos de Fidel

Mario Muñoz , el médico del Moncada
Es un misterio para los historiadores lo que sintió Mario Muñoz Monroy, el médico del Moncada, cuando se enteró de que la acción grande iba a ocurrir el mismo día de su cumpleaños. Pero dicen que cuando, estando en Santiago de Cuba, previo al ataque, supo que había llegado la hora cero, le dijo emocionado a Fidel: Te felicito. ¡Qué fecha has escogido! ¡Hoy cumplo 41 años y los pongo en tus manos que tienes 26!


¿Quién fue Mario Muñoz, el Médico del Moncada?

Mario Muñoz nació en Colón, en la provincia de Matanzas, en 1912. Su padre fue el fotógrafo Marceliano Muñoz, de cuyo lente salieron casi todas las imágenes tomadas de la ciudad y sus alrededores por aquellos años. La posición ganada, a base de esfuerzo e ingenio por su padre, le permitió al pequeño Mario vivir una niñez y juventud holgadas.

De Marceliano heredó la preocupación y laboriosidad en el estudio. En 1934 matriculó Medicina en la Universidad de La Habana, pero esta cerró y hasta 1936 no reanudó la carrera.

En los dos años en que se vio obligado a volver a Colón Mario se integró a la lucha municipal. Cuentan que un 26 de julio también, pero de 1933, participó en la colocación de una ofrenda floral a los hermanos Álvarez, asesinados por la guardia rural durante la tiranía machadista. En la cinta de la corona podía leerse: “A los hermanos Álvarez, de tus hermanos que vengarán el crimen”.

Además, tomó parte en sabotajes como la tala y colocación de postes telefónicos sobre la vía férrea en el tramo Colón-Los Arabos, que paralizó el tránsito por algunas horas. Durante ese tiempo también escondió y distribuyó, junto a otros, la publicación Alma Máter, proporcionada por integrantes del Directorio Estudiantil Revolucionario matancero.

Al graduarse de médico en 1942, había bebido la savia del ambiente universitario en una de las etapas más ricas de la historia de Cuba. Durante la carrera lo habían apodado “el viejo”, por el precoz encanecimiento de su cabello, pero al comenzar a trabajar en Colón Mario Muñoz se ganó el sobrenombre de “berrinche”, porque, según testigos, protestaba contra todo lo mal hecho.

Cuando fue presidente del hospital San Fernando, el único de Colón por aquellos tiempos, denunció públicamente la situación deplorable en que se encontraba: desatendido, carente de médicos y medicinas, que debía tener 80 camas y nunca pasó de las 40. Pero los compañeros de oficio, manipulados por la politiquería, censuraron su conducta crítica y motivaron su renuncia a la presidencia.

Como médico fue Mario un vanguardista notable. En su clínica particular llegó a tener equipos de laboratorio, rayos X y fisioterapia, que eran lo más novedoso de la época. También imprimió un pequeño folleto didáctico titulado: “El desarrollo de los dientes del niño”, y fue el segundo en aplicar transfusiones de sangre en el municipio.

Como hombre preocupado por el desarrollo local también estuvo en la delantera. Poseyó el primer televisor de Colón y tomó una fotografía, que aún se conserva, del patrón de prueba de la transmisión televisiva inicial en Cuba. Además, participó como tesorero y gestor de la construcción del aeropuerto en las afueras de la ciudad, de donde despegó muchas veces en su avioneta particular.

El humanismo distinguía a Mario, según contaba Julio Ángel Collazo, historiador y amigo de su hermano Roberto. “No solo atendía en su consulta a los más necesitados, sino que era el primero en irse a tirar cubos de agua ante cualquier incendio, a falta de cuartel de Bomberos. Durante una inundación, ocurrida en Colón el 3 de julio del propio año 53, lo encontraron en la calle Mesa, muy cerca de su casa, con una soga, ayudando a cruzar a los que habían quedado del lado más profundo”.

Así era el Mario que liquidó todas sus deudas y encargó el cuidado de su esposa y sus dos hijas a su amigo Bartolomé Soler, antes de partir el 25 de julio de 1953 hacia Santiago de Cuba, para al otro día Asaltar la Historia.

El revolucionario comprometido

Planta de radio de Mario Muñoz
Su conexión con la ortodoxia, partido al que perteneció Fidel, comenzó en 1948, y esto se explica por su admiración hacia la figura de Eduardo Chibás y la coincidencia con sus ideas.

La mayor radicalización de su pensamiento se produce tras el suicidio de Chivás, y se completó con su reacción ante el golpe militar del 10 de marzo de 1952. Gustavo Hernández, amigo y compañero de lucha, cuenta que ese día se lo encontró temprano. Sus palabras fueron: “¿Qué te parece? ¡Ese jinete metido otra vez en Columbia! Tenemos que hacerle la vida imposible”.

Desde entonces Mario se unió al ala izquierda de la ortodoxia, en la cual despuntaba al frente un joven abogado holguinero, Fidel Castro Ruz.

De sus encuentros con Fidel se dice que fueron varios. El 23 de abril y el 4 de mayo se vieron en Colón para encargar la construcción de dos plantas de radio, que se operarían clandestinamente en La Habana.

Entre el 5 y el 15 de abril Mario y Fidel se reunieron nuevamente en Matanzas y se cree que es cuando Fidel le comunicó la preparación de la acción armada, porque al regresar a Colón le encargó a Gustavo Hernández la selección de cuatro jóvenes para comenzar su preparación física y entrenamiento en el manejo de armas. Así se formó la única célula matancera de los participantes en el asalto al cuartel Moncada.

El 25 de julio, a las seis de la mañana, el automóvil en que viajaba Fidel hacia Santiago de Cuba se detuvo en un servicentro de Colón, donde lo esperaba el médico. Se despidieron, y poco después salió este con el mismo destino, conduciendo su Chevrolet negro. Antes de llegar a Placetas recogió a Julio Reyes Cairo, otro de los matanceros atacantes al Moncada.

Dicen que las últimas palabras cruzadas con el líder de la Revolución fueron para intervenir a favor de Melba Hernández y Haydeé Santamaría. Abel Santamaría, el segundo jefe de la acción, había salido entre los primeros y sugirió a Fidel que las mujeres se quedaran en la Granjita Siboney. Fue entonces cuando Mario se interpuso para decir que las dejara ir, que él se hacía responsable.

Poco después partió hacia el hospital Saturnino Lora, uno de los puntos de ataque, acompañado de las dos mujeres. Llevaba puesta su bata de médico. Al fracasar las acciones, ellos no recibieron el aviso de retirada. Quedaron rodeados y se les ocurrió vestir a los combatientes con ropas de enfermos, pero la delación de un esbirro los condenó.

A Mario lo asesinaron en el cuartel Moncada. Manuel Prieto Alemán, uno de los forenses llamados por la tiranía para hacer el levantamiento de “los muertos en combate” relató: “Al mirar otro de los cadáveres, le vi la bata de médico. En el bolsillo tenía un carné. Lo saqué y decía: Doctor Mario Muñoz, Colegio Médico de Colón”.

Fidel en su magnífico alegato La Historia me Absolverá dice de Mario: “…un hombre generoso que hubiera atendido con la misma devoción tanto al adversario, como al amigo herido”.

Nacer, morir y hacerse eterno el mismo día

La casa natal de Mario es un museo
Mario fue ultimado el mismo día que cumplía 41 años; su hija más pequeña apenas tenía un año. Pero Fidel y sus compañeros sobrevivientes continuaron sus ideas. Todo por lo que se asaltó el Moncada fue cumplido.

La historia convirtió a Mario en el Médico del Moncada y lo hizo nombre de escuelas, de hospitales y de un aeropuerto; y en su casa-consultorio, en la ciudad de Colón, existe el Museo de los Mártires del Moncada, donde se guarda celosamente la memoria histórica de los matanceros que participaron y murieron en la heroica acción del 26 de julio de 1953.

A la altura de 2010 Mario hubiera cumplido 98 años, y de seguro pondría su vida, sus sueños, sus ideales, su humanismo y su decoro en las manos de Fidel, que ahora tiene 83.

René Fraga se iba para la Sierra

René Fraga Moreno
Declaraciones de Oneida Fraga Moreno

Cuando el 24 de julio de 1957 los esbirros de Batista mataron en Matanzas a René Fraga Moreno, su hermana Oneida tenía apenas 16 años y nunca había entrado a una funeraria. Sobrepuesta al miedo entró al recinto donde lo velaban, y fue tan fuerte la impresión que tras 53 años no lo puede olvidar.


“Recuerdo bien todo porque unos días antes unas compañeras mías de escuela fueron a mi casa, a celebrar mi cumpleaños y René dijo que no, que cuando triunfara la Revolución se me haría una buena fiesta. Eso fue el 19 de julio, el 21 se lo llevan preso y el 24 lo matan.  

“Yo llegué a la funeraria y me senté. Yo no fui capaz de verlo ni nada de eso. Y entonces llega Cuquito Dubroq (José Luis) y empezamos a hablar de cómo había sido. Me dijo: ¿ya lo viste? Y me levanta, me coge por el brazo y me dice: vamos para que lo veas.


"No quiero acordarme de aquello. Ese no era el René que yo había visto salir de mi casa. Y me dije, ¡caballero, una persona tan religiosa que le haya pasado esto, aquí no existe nada! Desde entonces yo seguí yendo a la iglesia porque mi papá me obligaba, pero siempre con esa espinita por dentro".

Nobleza y bondad

René era once años mayor que Oneida. De la infancia de su hermano ella no puede hablar, pero sí sabe que fue él quien compró su canastilla. Eso se lo contaba siempre su mamá. “Mamá estaba de parto, antiguamente eso se hacía en la casa, y como fue de pronto ella le dio el dinero a René y fue quien la compró. Yo fui creciendo y siempre lo vi con mucho cariño, porque de mis hermanos era uno de los más nobles, no porque esté muerto ni nada de eso”.

En casa de René eran siete hermanos varones y cinco hembras; René era el sexto de arriba abajo y Oneida la penúltima.

Cuenta Oneida que René se graduó en 1953 de la Escuela Normal de Matanzas, pero nunca quiso trabajar porque decía que él no daba clases para el tirano.

“En la esquina de la casa vivía Eladio Hernández, que era el superintendente de educación. Había una amistad muy grande entre ellos y mi familia, porque ellos tenían un hijo con problemas y René siempre iba y le daba vueltas (ellos vivían por Mujica y Daoiz, y nosotros vivíamos en Daoiz, entre Mujica y San Gabriel).

“Entonces Eladio llama a René para darle un aula, pero él le dice que mientras Batista esté en el poder él no trabajaba para el tirano. Nos enteramos porque Eladio se lo cuenta después a mi papá.

“Por eso solo hacía sustituciones. Él iba y trabajaba en esta escuela, en la otra, inclusive a veces ni se lo pagaban. Porque después que lo matan llegó un cheque por tres meses que nunca le habían pagado”.


A pesar de que René nunca dio clases de manera estable, sí lo hacía cuando alguien lo necesitaban. “Cuando alguna familia pobre quería que su hija entrara a la Normal y no tenían dinero para pagar, él le daba las clases, en la casa o en la Juventud Católica. Por eso la gente lo admiraban tanto, por su humildad.

“Te lo encontrabas en la calle jugando a las quimbumbias, a los bolones, y mi mamá le decía: René, ¿a ti no te da pena, tan grande jugando bolas con esos niños ahí en la calle? Y él le decía: ¡tú no te das cuenta que ellos no tienen quien juegue con ellos! Y se los llevaba para el parque.

“Esa es una de las cosas por la que le ponen al parque su nombre. Porque el guardaparques que había ahí y que lo había conocido y sabía lo que él hacía, después que triunfa la Revolución dijo, esto se va a llamar a René Fraga, y después es que se oficializa, porque papel no había ninguno.


“Otra cosa que hacía es que cuando había exámenes en la Normal, él se las agenciaba y cogía, sacaba una pizarra y escribía con letras grandes las respuestas de los problemas, sobre todo de Matemáticas, para que fijaran. Entonces cuando venía la policía él se sabía todos los recovecos y no lo podían coger”.

Cuando René termina la escuela Normal, sigue estudiando. Matricula la Escuela de Comercio para no desvincularse del estudiantado de Matanzas. Entonces estaba haciendo a la vez la Escuela de Comercio y Pedagogía en la Universidad.

Oneida no sabe si su hermano era inteligente o no. Según las notas que existen en la Universidad estas no eran buenas. “Pero como le dije a la historiadora Clara Enma, era un momento en que él estaba en su locura, en su lucha y quién así tiene tiempo para estudiar”.

Las luchas de René

Los ojos azules de Oneida, que hoy tiene 69 años, brillan y se humedecen cuando recuerda a su hermano René Fraga Moreno, quien a pesar de su modestia fue un activo combatiente de la clandestinidad en su natal Matanzas.

Cuenta Oneida que fue René quien la enseñó a planchar bien. “En mi casa se le lavaba la ropa, pero él era quien la planchaba, porque decía que solo él sabía hacerlo bien. A veces estaban con sus huelgas, acuartelados, y entonces salía a buscar algo, llegaba corriendo y me decía: plánchame el pantalón en lo que yo me baño. Una vez que yo se lo estaba planchando, cuando sale no le gusta y me dice: no es así, se plancha así. Y terminó planchándolo él.

“René era delegado de la FEU de su aula, ahí conoció a José Antonio Echeverría, a Fructuoso Rodríguez y a toda esa gente. Pero su amigo era José Luis Dubroq, que estudiaba medicina. Recuerdo que una noche cuando la cosa se fue poniendo mala, nosotros estábamos jugando lotería y llega Cuquito corriendo y se lleva a René para la cocina. Y viene René y le dice a mi mamá que le dé dinero para que Cuquito se vaya para La Habana.


“En ese momento había apagón, y mi mamá le dice: ¿cómo se va ir con este apagón? Eso fue cuando lo de Humboldt 7, y yo no sé si él estaba involucrado o andaba por aquellos alrededores, lo que sé es que René le dice a mi mamá: él tiene que llegar ahora a La Habana, tienen que verlo apearse de una guagua que no sea de La Habana. Entonces mi mamá le dio el dinero.

“Ella sabía en lo que él andaba. Por eso cuando se lo llevaron preso dijo que él no regresaba vivo. Fueron muchas cosas, una vez René sacó del bolsillo delante de ella unos bonos del 26 de Julio y los puso encima de la mesa, y entonces mi mamá le dice: mi hijo, ¿cómo tú andas con eso arriba? Entonces él sacó el rosario y le dijo que ese lo salvaba, porque él siempre andaba con el rosario en el bolsillo. Eso porque René era muy religioso, había estudiado en colegios católicos y yo le decía que iba a ser cura, pero él se burlaba.

“En otra ocasión cuando Manolito Piñeiro se va ir para la Sierra él viene buscando dinero, él casi nunca tenía dinero, porque no trabajaba. Yo cuando lo veía entrar corría detrás de él disimuladamente y me ponía a oír. Yo escuché cuando le dijo: Manolito Piñeiro (eran compañeros de estudio) se va para la sierra y está reuniendo dinero, dame para que tenga más. Y mi mamá se lo dio".


Ante todo tú tienes que ser una mujer

Cuando René estaba en sus luchas Oneida estudiaba en la escuela Superior en la ciudad de Matanzas. En el patio había una mata de palito chinos, y René cogía cartulinas, hacía cartelitos con letreros que decían: ¡Viva el 26 de julio!, ¡abajo el 10 de marzo!, ¡abajo Batista!, ¡viva la revolución!

“René me enganchaba los cartelitos en unos alambritos y me decía: ponlos en la mata de palitos chinos, pero que nadie te vea. Entonces ya a veces pedía permiso para ir al baño o para tomar agua, y lo que me ponía era a poner los cartelitos.

“Eso sí, él siempre me advirtió: el día que te cojan, tú los hiciste, porque ante todo tú tienes que ser mujer. Yo no había cumplido los 15 años. Al principio lo hacía de manera inocente, pero llegué a darme cuenta de lo que hacía.


“El que me coge es el director de la escuela, que era Pancho Pong. Yo estoy parada así, y siento que me hacen pss pss pss pss, y me dice: eso yo lo sé, porque él era revolucionario en aquel tiempo, aunque después abandonó el país. Aquí con los maestros, con ninguno hay problemas. Pero acuérdate que tú tienes compañeros aquí que son hijos de soldados y lo pueden decir en la casa. Dile al que te los da (porque aunque yo le dije que los hacía yo no me creyó) dile que aguante un poco. Y así mismo se lo dije a René: dice Pancho que te aguantes un poco.

“Y ahí se acabó la cosa. Pero hoy cada vez que armo el arbolito en mi casa cuando se acerca el fin de año me acuerdo de aquella mata de palitos chinos y los carteles que me hacía René”.


René sabía que a Fidel nadie le ganaba


Oneida Fraga  en el parque René Fraga
Oneida nunca habló abiertamente con René de nada del movimiento. Ella era muy joven y él quería protegerla, aun cuando tenían cierta complicidad.

Recuerda que “cuando mataron al hermano de Frank él llega a mi casa muy apenado porque habían matado al hermano del amigo que él había conocido en Santiago de Cuba. Todo parece indica que él conoció a Frank, pero no podía hablar de aquello.

“Solo después de su muerte Cuquito nos contó que él y René estaban esperando la orden de Frank País para irse para la sierra, porque ya estaban quemados aquí. Entonces Cuquito se acabó de quemar más, porque ya estaba haciendo demasiadas locuras en La Habana, hasta que también lo matan".


René Fraga Moreno, el combatiente del Movimiento 26 de Julio en Matanzas no pudo subir a la Sierra ni formar parte del Ejército Rebelde. Pero antes de morir Oneida lo oyó decir confiado que Fidel iba a ganar.

“Un día llega muy contento a mi casa y le dice a mi mamá: ahora sí no hay quien saque a Fidel de la Sierra. Mi mamá le dijo: ¿por qué? Porque subió uno que se conoce todas las cuevas habidas y por haber de Cuba (fue cuando subió ntonio Nuñez Jiménez subió). Ahora sí que a Fidel no lo bajan de la Sierra".

René fue asesinado por los esbirros de Batista el 24 de julio de 1957. Tenía 27 años, y como asegura su hermana, estaba convencido de que la revolución era indetenible.

Fidel bajó de la Sierra, pero triunfante, y los sueños de René se hicieron realidad. Hoy el parque a donde iba a jugar con los niños de su barrio y decenas de escuelas donde hubiera sido el mejor maestro llevan su nombre. 

El primero de enero de 1959 cuando Oneida supo que el tirano había huido su primer pensamiento fue para René, y desde entonces ha tratado de ser fiel a su recuerdo, de hacer bien las cosas, y de ser digna de aquel hermano que le arrebataron cuando casi era una niña. 

Yuri Gagarin visitó a los heridos de Girón

- El primer cubano en el cosmos

   En julio de 1961, a solo unos meses de convertirse en el primer ser humano que viajó al cosmos, Yuri Gagarin visitaba Cuba. Invitado especial a los festejos por el 26 de julio, aprovechó para saludar también a los heridos de Girón.
  Cuentan periodistas que lo entrevistaron por aquella época que el cosmonauta manifestó interés por Cuba ya en abril de 1961, tras haber concluido su legendario vuelo en la astronave “Vostok”. Pero por aquellos mismos días (16 al 19 de abril) el pueblo cubano había vencido a los mercenarios que atacaron por Playa Girón para derrocar a la naciente Revolución.
  Reseñan que al ser sometido a un reconocimiento médico post-vuelo, Gagarin no se cansaba de preguntar a los periodistas que venían a verlo si todo estaba bien en la Playa Girón. Al enterarse de que los barbudos habían vencido a los “contras”, él exclamaba con alegría: “Entonces, ¡Cuba sí!”.
  Cien días después de esos sucesos, Gagarin volaba rumbo a la que llamaba la isla de “La Libertad”. Y aunque al llegar caía una lluvia torrencial, y él llevaba su uniforme blanco, bajó rápido, sorprendido porque empapados lo esperaban los miembros del gobierno de Cuba con Fidel Castro a la cabeza, todo el cuerpo diplomático, la guardia de honor y multitud de ciudadanos.
   Así acogió Cuba al primer cosmonauta del mundo: bajo las tronadas, fulgores de relámpagos y…los gritos de “Viva, Gagarin” que emitían miles de  habaneros mojados hasta los tuétanos pero con caras alegres. Fidel, al presentar a Gagarin a sus compañeros de lucha, dijo que “el propio cielo disparaba salvas en su honor”.
  Los principales actos se celebraron en la Plaza de la Revolución y en la tribuna. Junto a Fidel, el presidente Osvaldo Dorticós, Ernesto Guevara y otros dirigentes, estaba Yuri Gagarin luciendo su uniforme blanco. Allí le fue conferida al primer cosmonauta del mundo la orden Playa Girón.
  Yuri Gagarin recordaría después sobre ese día: “Tuve la suerte de festejar el 26 de julio de 1961 en La Habana. Yo vi un cuadro cautivador. Parecía que toda La Habana, toda Cuba, en un arrebato común, desfilaran por la plaza de José Martí. “¡Patria o muerte!”, “¡Venceremos!”, gritaban miles de voces en respuesta al apasionante discurso de Fidel Castro. Estamos convencidos, dijo el jefe de la revolución cubana, de que un día nuestro país, fortalecido y libre, enviará su nave espacial y su comandante hablará en el idioma de Cuba. Yo estaba en la tribuna y escuchaba a Fidel. Tenía los mismos sentimientos que decenas de miles de cubanos que salieron a las calles de La Habana y pensaba: Aquí esta un pueblo que bajo la bandera del 26 de julio venció y va a vencer en adelante. Llegará la hora y él mandará al espacio a su propio cosmonauta”.
  Y la predicción de Gagarin se hizo realidad. Dos décadas después Arnaldo Tamayo se convertiría en el primer cosmonauta cubano y de Latinoamérica, al pasar toda una semana, trabajando en la estación soviética Saliut-6.
  Durante su estancia en Cuba Gagarin se reunió con estudiantes de la Universidad de La Habana y estuvo unos días aliviándose del calor cubano en las aguas de Varadero.

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