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Añoranza por el campo

La familia de mi abuelo: abuela, papi, tío, hermano y mi hijo
Yo crecí en el campo y quisiera morir en el campo. A veces me siento como el animal en cautiverio que sacaron de la selva, y que solo espera el momento oportuno para escapar y volver a su estado natural.

Los mejores años de mi vida transcurrieron en el campo, en una casa de tablas de palma y techo de cartón negro, donde no había lujos, pero si libertad y aire puro.


Era la finca de mi abuelo Juan, con dos arboledas repletas de todas las frutas que se dan en Cuba, un cañaveral, un platanal, un potrero, sembrados de todo tipo y una cerca de piña de ratón.

Mi hermano y yo jugábamos libres, subíamos matas de mango, improvisábamos hamacas con una soga colgando de las mejores ramas, nos bañábamos en las zanjas, y nos hacíamos zapatones de fango.

Teníamos puercos, gallinas, chivos, vacas y el caballo Tondique, que sabía el camino de regreso a casa de memoria, y le era fiel a mi abuelo, como el mejor de sus amigos.

La vida entonces no era complicada. Tal vez porque era muy niña, pero también porque no tenía televisor, solo libros para hacer volar mi imaginación, y un radio VEF, donde mi abuela y yo escuchábamos todas las novelas de Radio Progreso. 

No había refrigerador, solo el agua fresca del pozo que estaba a 10 metros de la casa, y que nunca se secaba, porque mi abuelo lo hizo más profundo que todos los otros de Cuatro Esquinas.

Había entonces armonía en mi familia, aunque la casa no alcanzaba, aunque yo dormía en la sala, en la camita de mi tío que estudiaba en la Unión Soviética y mi hermano en la cuna hasta los 9 años.

Mi abuelo ya tenía su lado derecho paralizado, pero trabajaba así en el campo y la comida no faltaba. Siempre había arroz, maíz, manteca de puerco fresca y gorditos listos para comer.

Cuando queríamos pollo, abuelita salía, escogía una pollona, le retorcía el pescuezo y la freía bien, como nos gustaba entonces. Y para hacer mermelada bastaba con recorrer las matas de guayaba, ayudar a pelarlas y esperar un poquito.

Abuelo nos sacaba a caballo hasta la carretera cuando empezamos la escuela para que no nos ensuciáramos los zapatos. Y hasta el cuarto grado los viajes hasta Los Arabos eran una aventura diaria.

Tenía 10 años cuando me fui del campo para vivir en una casa mejor, pero con un patiecito donde no cabía ni una mata de mango. A los 15 vine a estudiar a Matanzas, a la Vocacional Carlos Marx, “porque era la mejor opción”, y después para La Universidad de La Habana, a estudiar periodismo.

Siempre me he sentido rara y fuera de lugar, a pesar de que mi manera de ser extrovertida me ha ayudado a rebasar todos los cambios. Y no puedo negar que los años en La Habana fueron buenos y llenos de aprendizajes.

Pero lo que verdaderamente me gustaría es irme a vivir al campo, a una finca como la mi abuelo, donde mi hijo pudiera crecer libre y donde aprendiera a amar las cosas sencillas de la vida.

A un lugar donde hubiera menos casas pegadas una al lado de la otra, donde no hubiera calles ni hollín, donde la llegada de un auto fuera un acontecimiento.

A un lugar donde la gente se sentara en el portal a coger aire y hacer cuentos después de la comida, donde se comiera menos pan y se tomara menos refresco con gas.

Me gustaría irme a un lugar en el campo donde simplemente pudiera vivir.

Ser campesino es amar el campo


  Mi abuelo es y será siempre campesino aunque hace 20 años viva en la ciudad, el mismo tiempo que lleva sin tocar una guataca ni arar la tierra o atender a sus animales.

   Ahora tiene 88 años, pero cuando mi papá quiso entonces que él y mi abuela se mudaran para Colón porque ya estaban muy viejos para vivir solos en su finca, yo pensé que se iba a morir de tristeza.

  Porque mi abuelo Juan siempre vivió en el campo, respirando desde la madrugada ese olor a tierra húmeda y yerbas recién lavadas que no se encuentran en otra parte.


  Hijo de padre español y ama de casa cubana y analfabeta, mi abuelo y sus 13 hermanos crecieron pegados al fango y apenas llegaron al tercer o cuarto grado en la escuela, porque tenían que ayudar en la casa y la finca.

  Huérfano de padre muy temprano tuvo que pegarse duro al trabajo y aprender las mañas del campo cuando aun no le habían salido el bigote ni los músculos.

  De joven cortaba caña para ganarse literalmente unos kilos, y así conoció provincias como Camaguey y Ciego de Ávila, hasta donde iba con amigos y hermanos para buscar trabajo cuando las cosas en Cuba eran muy difíciles.

  Después se casó con mi abuela y su mamá le dio la parte de las tierras que le tocaban, apenas unas hectáreas que cercó y convirtió en esa finca La Esperanza donde viví los mejores 10 años de mi vida.

  Recuerdo las dos arboledas con árboles inmensos de todas las frutas habidas y por haber, el cañaveral, el platanal, el potrero para las vacas y los chivos, los corrales de los puercos, las gallinas y los sembrados de arroz, de yuca, de maíz, de boniato o de frijoles.

  Cuando yo nací ya a mi abuelo hacía seis años le había dado el derrame cerebral, y no era el mismo de antes. Pero aún así seguía montando a caballo, aquel caballo Tondique que era como su guía y jamás lo defraudó.

  Y también guataqueaba con una mancuerna amarrada a la cintura para aguantar la guataca, mientras la movía con su mano izquierda, porque la derecha le había quedado renga.

  Así lo veía yo repasar campos enteros, fuerte como el roble a pesar de su impedimento. Y alimentaba a los animales, ordeñaba las vacas y no había quien le quitara el derecho al darle la puñalada al puerco.

  Mi abuelo no sabía de agronomía, jamás lo vi leer nada sobre eso y menos preguntar a nadie que hubiera estudiado sobre técnicas agrícolas. No le hacían falta porque él tenía lo principal: la experiencia.

  Él sabía cuál era la mejor época para cada cosecha, cómo había que hacer las rotaciones, qué hacer si no llovía, cuando un año iba a ser bueno o malo en cuestiones de comida.

  Él mismo curaba a sus animales, sabía como engordarlos sanamente si eran para comer o como arreglárselas para que las vacas recién paridas tuvieran alimento a pesar de la sequía.

  Y en las cuentas no había quien le pusiera un pie delante, cuando vendía en los años 80 a cinco centavos la mazorca de maíz, o la manteca de puerco o el arroz, que creo lo hacía más por ayudar a la gente que para ganar dinero.

  Pero llegó el momento en que la vida lo puso en la encrucijada de quedarse con mi abuela, viejos y solos en su finca de Cuatro Esquinas, en los Arabos, o mudarse con su hijo y nietos. Y decidió entonces entregar las tierras a una cooperativa e irse.

  A mi abuelo aquello le dolió en el alma. Pero es que sus dos hijos no podían seguir la tradición campesina: mi papá era profesor en la Formadora de Maestros y mi tío estudiaba entonces Ingeniería en Perforación de Petróleo en la ex Unión Soviética.

  Yo nunca le he preguntado qué hubiera querido para el futuro de su familia porque sé que sería muy difícil de responder. Él sabe que hubiera sido egoísta frenar el desarrollo de sus hijos, ambos brillantes en la escuela desde pequeños.

  Pero yo sé, porque le he visto la mirada triste de hace 20 años que sería más feliz si simplemente nos hubiéramos quedado en el campo, en aquella finca a donde jamás ha vuelto y de la que casi no habla.

  Mi abuelo todavía se pone el sombrero para estar en la casa, y vigila la mata de plátanos que tiene en el patio o los huevos que ponen las gallinas. Y se hincha de orgullo porque hasta su hijo Juancito que vive en Santa Marta y es director de una empresa, tiene el patio lleno de matas y un huerto.

  Mi abuelo Juan piensa y habla como campesino. Él dice que ser campesino no es vivir o trabajar en el campo, sino sentirlo. “Amar al campo, eso es ser campesino”, algo que él seguirá siendo y sintiendo hasta el último de sus días.

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